Esperanza en Llamas – Capítulo 1

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Las corrientes de aire brillaban en los ojos dorados del ave, podía verlas igual que a las presas que se arrastraban por el suelo. El águila percibía los flujos atmosféricos como brillantes columnas plateadas elevándose desde el suelo, dibujando en su mente un firmamento lleno de matices, mucho más rico que el simple añil del cielo despejado de verano. Sus plumas temblaban con la presión del viento, mientras oteaba el horizonte en busca de la siguiente comida.

Las agujas de piedra se recortaban contra la puesta de sol, el verdor de la jungla rodeaba las antinaturales formaciones de los antiguos hogares de los que caminaban a dos patas, cada vez más escasos. Su madre le tenía absolutamente prohibido sobrevolar a los sin pelo, pero no entendía la razón, después de todo eran los señores de los cielos, nadie se atrevía a disputarles su soberanía.

Batió las poderosas alas para coger una de las corrientes de aire, que le impulsó con fuerza hacia las nubes, únicas capaces de superarle en altura. En un instante estuvo sobrevolando los nidos de madera que utilizaban los sin pelo. Desde la altura parecían una especie de enormes huevos marrones colocados en un claro del bosque, de algunos de ellos salía humo. Debían de ser realmente estúpidos si no huían de la presencia del fuego.

La curiosidad agarró con fuerza sus músculos y le transportó unos metros más abajo, quería ver de cerca los seres que tanto atemorizaban a sus progenitores. Al parecer emitían sonidos, unos extraños gritos le llegaron desde la superficie, como las crías de los ciervos que tanto le gustaban.

Descendió un poco más, esperando ver algún cachorro que le sirviera de alimento. El sol se estaba poniendo, y no había cazado nada en todo el día. Lamentablemente no vio ningún vástago, sólo encontró adultos, demasiado grandes para cargarlos de vuelta hasta las lejanas montañas.

Desde esa distancia podía distinguir perfectamente a los sin pelo. Cubrían sus cuerpos lampiños con las pieles de diferentes animales. El pellejo no se podía comer, ¿para qué querrían llevarlo entonces?

Trazó una espiral perfecta que le llevó en una trayectoria de aproximación a los nidos de madera de los absurdos seres, les echaría un último vistazo antes de irse a descansar. El ave sobrevoló a sus potenciales presas en círculos, como hacía antes de cazar los deliciosos roedores con que solía llenar el buche.

Uno de los dos patas le vio y empezó a gritar, otros seres salieron de sus antinaturales refugios y se unieron a los berreos mientras le señalaban con sus alas sin plumas. Abrió el poderoso pico curvo respondiendo al desafío. Qué animales tan extraños…, cuando le contara su aventura a su madre sin duda le daría la mejor porción de carne.

Gracias a su prodigiosa vista, aún desde la lejanía,  podía distinguir perfectamente a los escandalosos seres. No tenían pico, hocico, ni nada de lo que tenían los animales con los que compartía el bosque, aunque tenían pelo después de todo, pero solamente en la parte alta de la cabeza. Enredados entre los cabellos pudo ver las plumas de algunos de sus congéneres.

Todos los instintos de supervivencia se activaron por fin, sus alas se movieron con rapidez intentando volver a la seguridad de las alturas donde era el amo y señor. Una rama, anormalmente recta, pasó a toda velocidad peligrosamente cerca de su cola mientras los músculos pectorales trabajaban sin parar para alejarle de los abyectos sin pelo.

Otra de las ramas voladoras se clavó dolorosamente en un ala, el mundo empezó a girar. Las nubes plateadas y el verdor de los árboles se mezclaron en el fondo de sus iris amarillos, mientras intentaba recordar porque no había seguido los consejos de su madre. Una extraña sensación se adueñó de su cuerpo: el miedo llegaba por fin, última experiencia de su vida.

— ¡Mira Licecai, la he dado!— exclamó la muchacha de piel chocolate, señalando el ave que caía en un caótico vuelo, en nada parecido al majestuoso y descarado que le había precedido.

—Muy bien Yonceba, un gran disparo— respondió la maestra. Su cuerpo era pura fibra, cada musculo de los brazos estaba perfectamente marcado. Se alisó la falda corta, única prenda que llevaba aparte de unas botas altas de cuero flexible por encima de las rodillas, antes de ponerse a aplaudir a una de sus pupilas favoritas. Licecai miró con envidia el bamboleo de los senos de Yonce mientras corría sin disimular su euforia hacia el borde del poblado donde había caído la presa, era una de las chicas mejor dotadas del clan, en todos los sentidos.

Empezó a andar tranquilamente en pos de su discípula, mientras el orgullo hinchaba su pecho tatuado. Las miradas de aprobación de las demás mujeres eran el alimento favorito de su espíritu indomable.

Lice salió del circulo de cabañas, que delimitaban el único hogar que había conocido, para encontrar a Yonce rodeada de chiquillas de su edad, pavoneándose con el águila en las manos como si fuera una perfecta candidata a Madre Regente, en lugar de una adolescente de dieciséis años atolondrada por las hormonas.

— ¡Yonceba!, ya basta— le reprendió Licecai ocultando una sonrisa con sus manos callosas. –Te recuerdo que debes un respeto al ave, ya no eres una niña, deberías saberlo.

Las chicas que habían estado admirando las habilidades de Yonceba desaparecieron entre la espesura al escuchar la reprimenda, Licecai siempre había tenido fama de gruñona, las madres la utilizaban para espantar a las chiquillas como si fuera uno de los monstruos que abundaban en la selva. “Como te portes mal llamaré a Licecai”, se había convertido en una frase habitual en Ulovo, el último poblado de las amazonas.

—Pero Lice, si sólo les estaba enseñando las plumas, seguro que quedan estupendas si las trenzamos entre unas cuentas de pirita y…

—No me vengas con “Lice”, niña, sabes de sobra que las plumas son para las ancianas, todavía no tienes derecho a llevar ningún adorno, por muy bien que se te de tirar con el arco.

Los carnosos labios de Yonceba se fruncieron con gesto hosco, pateó el suelo con sus largas piernas enrabietada. –Pero no es justo, Nova ya tiene el primer tatuaje, y es más pequeña que yo.

—Sólo es más joven que tú, no más pequeña, si crees que tu logro se puede comparar al suyo, te recomiendo que te busques una nueva maestra.

Licecai observó la piel lisa y sin marcar de su discípula, las gotas de condensación se acumulaban entre los pechos de Yonceba, mientras trataba infructuosamente de contener su frustración respirando deliberadamente despacio. Licecai intentó recordar como era su cuerpo antes de recibir su primer honor. Supuso que no debía de parecerse mucho al de su protegida, el de esta era todo curvas y voluptuosidad, mientras que el suyo era pura fibra y  huesos afilados.

—Pensé que estarías orgullosa de mí…— dijo Yonceba con un hilo de voz, mirándola con sus enormes ojos color miel brillantes por las lágrimas.

Licecai sintió un nudo en el estómago, quizá había sido demasiado dura con ella. Últimamente estaba de mal humor, desde la última reunión del concilio se sentía siempre molesta, como si tuviera una terrible comezón interior.

—Anda, enséñame ese águila— dijo abriendo los brazos hacia Yonceba, que saltó como un resorte ante el cambio de tono de su maestra.

—Mira, es un hembra joven— explicó la chica mientras extendía las alas del animal –creo que no sabía donde se estaba metiendo.

—No, sin duda no lo sabía, creo que no había visto esta especie jamás— las plumas marrones de la punta de las alas eran del mismo color que la piel de Yonceba, sin embargo la cabeza era tan blanca como la dermis de Licecai en invierno.

—Quizá nunca había visto un ser humano— reflexionó su pupila.

—Estoy de acuerdo, ningún pájaro vuela sobre Ulovo, saben que es demasiado peligroso.

—Ya lo creo, menos mal que las cazadoras están fuera, si no el pajarito parecería un erizo de flechas.— Bromeó Yonceba a la vez que arrancaba el dardo que había acabado con la vida del animal.

—Bueno, eso no lo sabremos nunca, fue un buen disparo— las amazonas eran buenas con el arco, pero un blanco móvil a cincuenta metros hacia arriba…, sin duda su discípula tenía talento.

—Gracias, maestra. —el rubor subió a las mejillas de Yonceba.

—No me des las gracias, lleva el ave a las ancianas, y deja de hacer el tonto con el cadáver, antes de que la Diosa nos castigue a todas por irrespetuosas. — reprendió Licecai mientras recordaba las estupideces que hacia ella a su edad, siempre pensando en los chicos que debían capturar, o en las mejores presas con las que alimentar al clan. Las jóvenes ya solo tenían que preocuparse por lo segundo, hacía años que no conseguían encontrar ningún hombre con el que perpetuar el clan.

—Sí, Licecai— respondió Yonceba poniendo el águila bajo el brazo, al abrigo de sus generosos senos. Después echó a andar cabizbaja hacia Artemisa, el árbol gigante que daba sombra a la casa de Eleanor, la Madre Regente, en el mismo centro del pueblo.

—Espera—la maestra agarró del hombro a la chiquilla, arrancó una de las largas plumas de la cola del ave, que eran las más valiosas por su belleza y durabilidad, y la metió debajo de la falda de Yonceba, que le miró asombrada. —Creo que perdió unas plumas en la caída. — Le guiñó uno de sus ojos azules, que muchas decían que eran como el hielo del lejano norte, antes de sonreír ligeramente.

—Gracias, Lice— la chiquilla le plantó un beso antes de adentrarse en el poblado en una nube de felicidad.

Licecai se frotó la mejilla, notando sus pómulos prominentes. Era una chiquilla fantástica, aunque tenía la cabeza llena de pájaros. Pero tendría que espabilar rápido, dejaría que pasara la última noche de infancia antes de contárselo. Cuando volvieran el resto de las guerreras tendrían que marcharse en busca de una cacería desesperada. La presa era cada vez más esquiva, pero era una cuestión de vida o muerte. Deberían ir tan lejos como fuera necesario en busca de hombres, sino el clan de las amazonas acabaría igual que el águila que se balanceaba entre los brazos de Yonceba.

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