Quizá sea el último hombre en la tierra,

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Quizá sea el último hombre en la tierra, pero no le queda más remedio que seguir sobreviviendo, porque es lo único que sabe hacer…

Capítulo 2

La ciudad se extendía a sus pies, las ruinas grises de los edificios estaban coloreadas por las plantas trepadoras, que testarudas, habían colonizado el hormigón con sus incansables raíces.

El hombre corría por las azoteas de los rascacielos, sus poderosas piernas le impulsaban mientras esquivaba instintivamente cada uno de los escombros que podrían provocar una caída mortal. Los rayos del sol se reflejaban en su piel morena, el sudor hacia brillar su cuerpo resaltando los músculos que vibraban con cada salto. A medida que se alejaba del centro de la mega urbe las construcciones iban perdiendo altura, cada vez tenía que esforzarse más para superar  las distancias entre los edificios.

Pronto llegaría a la muralla, más allá estaban sus ansiadas presas. Las flechas repiqueteaban dentro del carcaj a ritmo de sus pisadas. Agarró el arco con ambas manos un segundo antes de ejecutar la perfecta pirueta que le dejó colgando del cable de acero de la tirolina.

Los juegos olímpicos habían dejado de celebrarse hacía mucho tiempo, pero la ejecución sin duda le habría valido una medalla en gimnasia artística. A Yang poco le importaban las competiciones deportivas, sólo conocía la supervivencia.

El metal de su arco rechinó estrepitosamente contra la tirolina. La velocidad llegó a su punto máximo cuando pasó encima de la construcción de piedra negra que rodeaba la ciudad. La muralla fue diseñada para protegerse de los monstruos que poblaban el exterior, pero había acabado siendo una fortaleza para ellos.

Hacía años que Yang no podía pisar el suelo, se veía relegado a utilizar los tejados de los edificios en ruinas para desplazarse por lo que una vez fue una gran urbe. Las cicatrices que cubrían su cuerpo eran la demostración gráfica de lo que pasaba si caminabas por las calles atestadas de esqueletos metálicos de todo tipo de vehículos. Los huesos de los seres orgánicos habían sido devorados hace tiempo.

El cable de acero se enrollaba alrededor de un árbol enorme, de más de dos metros de diámetro en la base. Yang no sabía quien había dejado allí la cuerda, sólo le importaba su utilidad, le permitía llegar a su coto de caza, la carne escaseaba dentro de la muralla y no se podía vivir tan solo de patatas y zanahorias, aunque Jim opinara lo contrario.

Hizo un doble mortal con tirabuzón para caer en el lecho del bosque, las volteretas absorbieron el impulso y le dejaron de pie sobre la tierra, se agachó y cogió un puñado de hojarasca, lo olió saboreando el aroma de la naturaleza. Se sintió purificado del hedor de la ciudad, volvía a hacer lo que mejor sabía.

La melena negra ondeó como una bandera tras él mientras recorría los cien metros que le separaban del río en menos de diez segundos, consiguiendo su segundo metal del día. Subió rápidamente al árbol que le solía servir de puesto de observación de las presas. Se hizo una coleta con gesto automático con una tira de cuero curtido, no podía arriesgarse a que el cabello le nublara la vista en momento del disparo.

Encordó su arco rápidamente, apuntó a la brecha en la espesura por la que las bestias bajaban al abrevadero y aguardó. La flecha no tembló ni un ápice en los incontables minutos de espera, la sombra de los árboles se movió apreciablemente a sus pies hasta que una nariz se asomó recelosa por el agujero.

Detrás del hocico llegó la cabeza, era una hembra vieja. Las manchas de su largo cuello estaban despeluchadas, sin duda ya había vivido bastante. El enorme animal mostró su pecho vulnerable y la primera flecha voló hacia su destino. Antes de clavarse profundamente en el ojo un segundo proyectil salió disparado del arco de acero para atravesar el corazón de la extraña criatura.

La cabeza de la bestia cayó fulminada sobre las aguas poco profundas del rio. Era de una especie que Yang no había visto nunca. Estaba cubierta de un pelaje corto y duro, y se camuflaba perfectamente en la jungla con unos colores parduzcos. Recordaba ligeramente a una jirafa, pero tenía los cuernos puntiagudos, tan largos como el arco del cazador.

Yang vadeó el torrente desenvainando el hacha de doble hoja de la funda de cuero de su espalda, tenía poco tiempo antes de que llegaran los depredadores, no era el único al que le gustaba la carne. El arma hendió el jugoso lomo del animal, arrancando de dos golpes un pedazo de unos veinte kilos de proteína, estarían bien alimentados una buena temporada. Hizo un fardo ayudándose de la cuerda del arco y del mango del hacha y se lo colgó a la espalda.

Arrancó las valiosas flechas del cadáver sanguinolento. La cara de Jim iba a ser un poema cuando viera el éxito de la cacería, cada vez estaba más obsesionado con la seguridad, siempre le ponía pegas a sus excursiones, si fuera por su único compañero, no saldría nunca del refugio. Al menos Jim era consecuente, porque jamás respiraba al aire libre, parecía haberse adaptado perfectamente a la soledad. Yang era diferente, necesitaba sentir el cielo despejado sobre su cabeza.

El camino de vuelta iba a ser más lento, corría cargado, así que apenas consiguió subirse al podio en la carrera hasta la cuerda de más de doscientos metros que pasaba por encima de la derruida muralla negra.

Hubo un tiempo en el que necesitaba preguntar  con un trino secreto si alguien se disponía a bajar por la tirolina para evitar accidentes, pero esos años habían acabado, era el último de los cazadores de la última ciudad.

Parte I – Esperanza en llamas

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