Persiguiendo una quimera.

No es fácil describir en pocas palabras un proyecto tan ambicioso como el de involución. Si ya has podido disfrutar de la primera parte, Esperanza en llamas, habrás podido comprobar que la saga va mucho más allá de el típico libro de ciencia ficción apocalíptica. La trama se sirve del mito de las amazonas buscando al último hombre de la tierra para perpetuar la especie, sirviendo este argumento como envoltorio para desentrañar el problema principal, la verdadera búsqueda de la humanidad desde el principio de los tiempos, la odisea, el ansiado grial, la fuente de la eterna juventud. Todos lo mitos se resumen en uno: la inmortalidad.

Por vez primera en la historia estamos a las puertas de descubrir las herramientas que nos permitirán preservar nuestras mentes del paso del tiempo, pues solo es cuestión de décadas que los científicos averigüen y después emulen los mecanismos biológicos según los cuales almacena la información nuestro cerebro.

La ingeniería genética ha avanzado a un ritmo mucho mas elevado de lo que las previsiones de hace unos años podían esperar, la pregunta no es si lograremos dominar el ADN, sino cuando. ¿Que hará el hombre cuando sea capad de crear nuevas especies, prevalecerá la ética o se impondrán los intereses financieros?Si la ciencia avanza a este ritmo las enfermedades no existirán porque serán erradicadas, y la vejez no sea mas que un reloj que podremos hacer retroceder una y otra vez pero,¿quien podrá pagarse todo esto?, ¿está el planeta preparado para el siguiente paso evolutivo de la humanidad?

 

Parte I – Esperanza en llamas

Parte II – La Voluntad de los Arboles

Ciclo Involución

 

Quizá sea el último hombre en la tierra,

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Quizá sea el último hombre en la tierra, pero no le queda más remedio que seguir sobreviviendo, porque es lo único que sabe hacer…

Capítulo 2

La ciudad se extendía a sus pies, las ruinas grises de los edificios estaban coloreadas por las plantas trepadoras, que testarudas, habían colonizado el hormigón con sus incansables raíces.

El hombre corría por las azoteas de los rascacielos, sus poderosas piernas le impulsaban mientras esquivaba instintivamente cada uno de los escombros que podrían provocar una caída mortal. Los rayos del sol se reflejaban en su piel morena, el sudor hacia brillar su cuerpo resaltando los músculos que vibraban con cada salto. A medida que se alejaba del centro de la mega urbe las construcciones iban perdiendo altura, cada vez tenía que esforzarse más para superar  las distancias entre los edificios.

Pronto llegaría a la muralla, más allá estaban sus ansiadas presas. Las flechas repiqueteaban dentro del carcaj a ritmo de sus pisadas. Agarró el arco con ambas manos un segundo antes de ejecutar la perfecta pirueta que le dejó colgando del cable de acero de la tirolina.

Los juegos olímpicos habían dejado de celebrarse hacía mucho tiempo, pero la ejecución sin duda le habría valido una medalla en gimnasia artística. A Yang poco le importaban las competiciones deportivas, sólo conocía la supervivencia.

El metal de su arco rechinó estrepitosamente contra la tirolina. La velocidad llegó a su punto máximo cuando pasó encima de la construcción de piedra negra que rodeaba la ciudad. La muralla fue diseñada para protegerse de los monstruos que poblaban el exterior, pero había acabado siendo una fortaleza para ellos.

Hacía años que Yang no podía pisar el suelo, se veía relegado a utilizar los tejados de los edificios en ruinas para desplazarse por lo que una vez fue una gran urbe. Las cicatrices que cubrían su cuerpo eran la demostración gráfica de lo que pasaba si caminabas por las calles atestadas de esqueletos metálicos de todo tipo de vehículos. Los huesos de los seres orgánicos habían sido devorados hace tiempo.

El cable de acero se enrollaba alrededor de un árbol enorme, de más de dos metros de diámetro en la base. Yang no sabía quien había dejado allí la cuerda, sólo le importaba su utilidad, le permitía llegar a su coto de caza, la carne escaseaba dentro de la muralla y no se podía vivir tan solo de patatas y zanahorias, aunque Jim opinara lo contrario.

Hizo un doble mortal con tirabuzón para caer en el lecho del bosque, las volteretas absorbieron el impulso y le dejaron de pie sobre la tierra, se agachó y cogió un puñado de hojarasca, lo olió saboreando el aroma de la naturaleza. Se sintió purificado del hedor de la ciudad, volvía a hacer lo que mejor sabía.

La melena negra ondeó como una bandera tras él mientras recorría los cien metros que le separaban del río en menos de diez segundos, consiguiendo su segundo metal del día. Subió rápidamente al árbol que le solía servir de puesto de observación de las presas. Se hizo una coleta con gesto automático con una tira de cuero curtido, no podía arriesgarse a que el cabello le nublara la vista en momento del disparo.

Encordó su arco rápidamente, apuntó a la brecha en la espesura por la que las bestias bajaban al abrevadero y aguardó. La flecha no tembló ni un ápice en los incontables minutos de espera, la sombra de los árboles se movió apreciablemente a sus pies hasta que una nariz se asomó recelosa por el agujero.

Detrás del hocico llegó la cabeza, era una hembra vieja. Las manchas de su largo cuello estaban despeluchadas, sin duda ya había vivido bastante. El enorme animal mostró su pecho vulnerable y la primera flecha voló hacia su destino. Antes de clavarse profundamente en el ojo un segundo proyectil salió disparado del arco de acero para atravesar el corazón de la extraña criatura.

La cabeza de la bestia cayó fulminada sobre las aguas poco profundas del rio. Era de una especie que Yang no había visto nunca. Estaba cubierta de un pelaje corto y duro, y se camuflaba perfectamente en la jungla con unos colores parduzcos. Recordaba ligeramente a una jirafa, pero tenía los cuernos puntiagudos, tan largos como el arco del cazador.

Yang vadeó el torrente desenvainando el hacha de doble hoja de la funda de cuero de su espalda, tenía poco tiempo antes de que llegaran los depredadores, no era el único al que le gustaba la carne. El arma hendió el jugoso lomo del animal, arrancando de dos golpes un pedazo de unos veinte kilos de proteína, estarían bien alimentados una buena temporada. Hizo un fardo ayudándose de la cuerda del arco y del mango del hacha y se lo colgó a la espalda.

Arrancó las valiosas flechas del cadáver sanguinolento. La cara de Jim iba a ser un poema cuando viera el éxito de la cacería, cada vez estaba más obsesionado con la seguridad, siempre le ponía pegas a sus excursiones, si fuera por su único compañero, no saldría nunca del refugio. Al menos Jim era consecuente, porque jamás respiraba al aire libre, parecía haberse adaptado perfectamente a la soledad. Yang era diferente, necesitaba sentir el cielo despejado sobre su cabeza.

El camino de vuelta iba a ser más lento, corría cargado, así que apenas consiguió subirse al podio en la carrera hasta la cuerda de más de doscientos metros que pasaba por encima de la derruida muralla negra.

Hubo un tiempo en el que necesitaba preguntar  con un trino secreto si alguien se disponía a bajar por la tirolina para evitar accidentes, pero esos años habían acabado, era el último de los cazadores de la última ciudad.

Parte I – Esperanza en llamas

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Esperanza en Llamas – Capítulo 1

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Las corrientes de aire brillaban en los ojos dorados del ave, podía verlas igual que a las presas que se arrastraban por el suelo. El águila percibía los flujos atmosféricos como brillantes columnas plateadas elevándose desde el suelo, dibujando en su mente un firmamento lleno de matices, mucho más rico que el simple añil del cielo despejado de verano. Sus plumas temblaban con la presión del viento, mientras oteaba el horizonte en busca de la siguiente comida.

Las agujas de piedra se recortaban contra la puesta de sol, el verdor de la jungla rodeaba las antinaturales formaciones de los antiguos hogares de los que caminaban a dos patas, cada vez más escasos. Su madre le tenía absolutamente prohibido sobrevolar a los sin pelo, pero no entendía la razón, después de todo eran los señores de los cielos, nadie se atrevía a disputarles su soberanía.

Batió las poderosas alas para coger una de las corrientes de aire, que le impulsó con fuerza hacia las nubes, únicas capaces de superarle en altura. En un instante estuvo sobrevolando los nidos de madera que utilizaban los sin pelo. Desde la altura parecían una especie de enormes huevos marrones colocados en un claro del bosque, de algunos de ellos salía humo. Debían de ser realmente estúpidos si no huían de la presencia del fuego.

La curiosidad agarró con fuerza sus músculos y le transportó unos metros más abajo, quería ver de cerca los seres que tanto atemorizaban a sus progenitores. Al parecer emitían sonidos, unos extraños gritos le llegaron desde la superficie, como las crías de los ciervos que tanto le gustaban.

Descendió un poco más, esperando ver algún cachorro que le sirviera de alimento. El sol se estaba poniendo, y no había cazado nada en todo el día. Lamentablemente no vio ningún vástago, sólo encontró adultos, demasiado grandes para cargarlos de vuelta hasta las lejanas montañas.

Desde esa distancia podía distinguir perfectamente a los sin pelo. Cubrían sus cuerpos lampiños con las pieles de diferentes animales. El pellejo no se podía comer, ¿para qué querrían llevarlo entonces?

Trazó una espiral perfecta que le llevó en una trayectoria de aproximación a los nidos de madera de los absurdos seres, les echaría un último vistazo antes de irse a descansar. El ave sobrevoló a sus potenciales presas en círculos, como hacía antes de cazar los deliciosos roedores con que solía llenar el buche.

Uno de los dos patas le vio y empezó a gritar, otros seres salieron de sus antinaturales refugios y se unieron a los berreos mientras le señalaban con sus alas sin plumas. Abrió el poderoso pico curvo respondiendo al desafío. Qué animales tan extraños…, cuando le contara su aventura a su madre sin duda le daría la mejor porción de carne.

Gracias a su prodigiosa vista, aún desde la lejanía,  podía distinguir perfectamente a los escandalosos seres. No tenían pico, hocico, ni nada de lo que tenían los animales con los que compartía el bosque, aunque tenían pelo después de todo, pero solamente en la parte alta de la cabeza. Enredados entre los cabellos pudo ver las plumas de algunos de sus congéneres.

Todos los instintos de supervivencia se activaron por fin, sus alas se movieron con rapidez intentando volver a la seguridad de las alturas donde era el amo y señor. Una rama, anormalmente recta, pasó a toda velocidad peligrosamente cerca de su cola mientras los músculos pectorales trabajaban sin parar para alejarle de los abyectos sin pelo.

Otra de las ramas voladoras se clavó dolorosamente en un ala, el mundo empezó a girar. Las nubes plateadas y el verdor de los árboles se mezclaron en el fondo de sus iris amarillos, mientras intentaba recordar porque no había seguido los consejos de su madre. Una extraña sensación se adueñó de su cuerpo: el miedo llegaba por fin, última experiencia de su vida.

— ¡Mira Licecai, la he dado!— exclamó la muchacha de piel chocolate, señalando el ave que caía en un caótico vuelo, en nada parecido al majestuoso y descarado que le había precedido.

—Muy bien Yonceba, un gran disparo— respondió la maestra. Su cuerpo era pura fibra, cada musculo de los brazos estaba perfectamente marcado. Se alisó la falda corta, única prenda que llevaba aparte de unas botas altas de cuero flexible por encima de las rodillas, antes de ponerse a aplaudir a una de sus pupilas favoritas. Licecai miró con envidia el bamboleo de los senos de Yonce mientras corría sin disimular su euforia hacia el borde del poblado donde había caído la presa, era una de las chicas mejor dotadas del clan, en todos los sentidos.

Empezó a andar tranquilamente en pos de su discípula, mientras el orgullo hinchaba su pecho tatuado. Las miradas de aprobación de las demás mujeres eran el alimento favorito de su espíritu indomable.

Lice salió del circulo de cabañas, que delimitaban el único hogar que había conocido, para encontrar a Yonce rodeada de chiquillas de su edad, pavoneándose con el águila en las manos como si fuera una perfecta candidata a Madre Regente, en lugar de una adolescente de dieciséis años atolondrada por las hormonas.

— ¡Yonceba!, ya basta— le reprendió Licecai ocultando una sonrisa con sus manos callosas. –Te recuerdo que debes un respeto al ave, ya no eres una niña, deberías saberlo.

Las chicas que habían estado admirando las habilidades de Yonceba desaparecieron entre la espesura al escuchar la reprimenda, Licecai siempre había tenido fama de gruñona, las madres la utilizaban para espantar a las chiquillas como si fuera uno de los monstruos que abundaban en la selva. “Como te portes mal llamaré a Licecai”, se había convertido en una frase habitual en Ulovo, el último poblado de las amazonas.

—Pero Lice, si sólo les estaba enseñando las plumas, seguro que quedan estupendas si las trenzamos entre unas cuentas de pirita y…

—No me vengas con “Lice”, niña, sabes de sobra que las plumas son para las ancianas, todavía no tienes derecho a llevar ningún adorno, por muy bien que se te de tirar con el arco.

Los carnosos labios de Yonceba se fruncieron con gesto hosco, pateó el suelo con sus largas piernas enrabietada. –Pero no es justo, Nova ya tiene el primer tatuaje, y es más pequeña que yo.

—Sólo es más joven que tú, no más pequeña, si crees que tu logro se puede comparar al suyo, te recomiendo que te busques una nueva maestra.

Licecai observó la piel lisa y sin marcar de su discípula, las gotas de condensación se acumulaban entre los pechos de Yonceba, mientras trataba infructuosamente de contener su frustración respirando deliberadamente despacio. Licecai intentó recordar como era su cuerpo antes de recibir su primer honor. Supuso que no debía de parecerse mucho al de su protegida, el de esta era todo curvas y voluptuosidad, mientras que el suyo era pura fibra y  huesos afilados.

—Pensé que estarías orgullosa de mí…— dijo Yonceba con un hilo de voz, mirándola con sus enormes ojos color miel brillantes por las lágrimas.

Licecai sintió un nudo en el estómago, quizá había sido demasiado dura con ella. Últimamente estaba de mal humor, desde la última reunión del concilio se sentía siempre molesta, como si tuviera una terrible comezón interior.

—Anda, enséñame ese águila— dijo abriendo los brazos hacia Yonceba, que saltó como un resorte ante el cambio de tono de su maestra.

—Mira, es un hembra joven— explicó la chica mientras extendía las alas del animal –creo que no sabía donde se estaba metiendo.

—No, sin duda no lo sabía, creo que no había visto esta especie jamás— las plumas marrones de la punta de las alas eran del mismo color que la piel de Yonceba, sin embargo la cabeza era tan blanca como la dermis de Licecai en invierno.

—Quizá nunca había visto un ser humano— reflexionó su pupila.

—Estoy de acuerdo, ningún pájaro vuela sobre Ulovo, saben que es demasiado peligroso.

—Ya lo creo, menos mal que las cazadoras están fuera, si no el pajarito parecería un erizo de flechas.— Bromeó Yonceba a la vez que arrancaba el dardo que había acabado con la vida del animal.

—Bueno, eso no lo sabremos nunca, fue un buen disparo— las amazonas eran buenas con el arco, pero un blanco móvil a cincuenta metros hacia arriba…, sin duda su discípula tenía talento.

—Gracias, maestra. —el rubor subió a las mejillas de Yonceba.

—No me des las gracias, lleva el ave a las ancianas, y deja de hacer el tonto con el cadáver, antes de que la Diosa nos castigue a todas por irrespetuosas. — reprendió Licecai mientras recordaba las estupideces que hacia ella a su edad, siempre pensando en los chicos que debían capturar, o en las mejores presas con las que alimentar al clan. Las jóvenes ya solo tenían que preocuparse por lo segundo, hacía años que no conseguían encontrar ningún hombre con el que perpetuar el clan.

—Sí, Licecai— respondió Yonceba poniendo el águila bajo el brazo, al abrigo de sus generosos senos. Después echó a andar cabizbaja hacia Artemisa, el árbol gigante que daba sombra a la casa de Eleanor, la Madre Regente, en el mismo centro del pueblo.

—Espera—la maestra agarró del hombro a la chiquilla, arrancó una de las largas plumas de la cola del ave, que eran las más valiosas por su belleza y durabilidad, y la metió debajo de la falda de Yonceba, que le miró asombrada. —Creo que perdió unas plumas en la caída. — Le guiñó uno de sus ojos azules, que muchas decían que eran como el hielo del lejano norte, antes de sonreír ligeramente.

—Gracias, Lice— la chiquilla le plantó un beso antes de adentrarse en el poblado en una nube de felicidad.

Licecai se frotó la mejilla, notando sus pómulos prominentes. Era una chiquilla fantástica, aunque tenía la cabeza llena de pájaros. Pero tendría que espabilar rápido, dejaría que pasara la última noche de infancia antes de contárselo. Cuando volvieran el resto de las guerreras tendrían que marcharse en busca de una cacería desesperada. La presa era cada vez más esquiva, pero era una cuestión de vida o muerte. Deberían ir tan lejos como fuera necesario en busca de hombres, sino el clan de las amazonas acabaría igual que el águila que se balanceaba entre los brazos de Yonceba.

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Amazonas, mito o realidad…

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La existencia de un pueblo gobernado por mujeres guerreras ha sido un mito recurrente a lo largo de la literatura universal. Tenemos precedentes desde la Iliada de Homero hasta escritos de historiadores que dejaron plasmadas sus experiencias en la conquista de américa por parte de los colonizadores españoles, hasta tal punto que se otorgó al gran río el nombre de Amazonas, en honor a las visiones de mujeres guerreras que atacaban a los invasores.

Más haya del hecho evidente de que las mujeres pueden ser tan diestras como los hombres en el uso de las armas, sólo es el punto de vista machista de la época, tanto en la Grecia clásica como en los siglos XV y XVI donde se narran estos contactos, pues en ambos casos tanto la religión predominante como la cultura eran fuertemente patriarcales.

Es indudable que existieron mujeres guerreras en las civilizaciones antiguas, como demuestran recientes hallazgos en yacimientos de los antiguos escitas, o las guerreras celtas, pasando por las valquirias vikingas. La interpretación de un pueblo conformado únicamente por mujeres, en las cuales los varones eran utilizados solo para aparearse, fue seguramente una interpretación libre de unos hombres para los cuales el concepto de igualdad era sencillamente inaceptable.

Todos estos precedentes, además de muchos otros surgidos en diversas obras de ficción de todos los tiempos, nos hablan de grupos de mujeres guerreras que viven de acuerdo a principios que son del todo opuestos a las tradicionales religiones y credos patriarcales, como las principales religiones monoteístas, o incluso en la antigua Grecia mitológica. No hace falta ser psicólogo para darse cuenta de la acción reaccionaria que se produce en un entorno de represión sexual, en el que la imaginación debe hacer horas extra para suplir a la triste realidad.

Para que una civilización o grupo étnico pudiera sobrevivir de esta forma tan atractiva, desde un punto de vista meramente intelectual, por supuesto ;), necesitaríamos una serie de condicionantes que difícilmente podrían haberse dado en un contexto tradicional de la historia, aunque es tanto lo que no sabemos que es fácil dejar volar la imaginación, entre otras cosas, hacia los verdes prados habitados por indómitas mujeres desnudas.

El contexto para que surja un pueblo tan atractivo como el de las amazonas se da en todo su esplendor en la saga Involución, pues tenemos un mundo en el que la raza humana está a punto de extinguirse, ya que las pocas mujeres que no son estériles sólo pueden tener hijas debido a una mutación artificial.

Dado que necesitaba crear un pueblo humano que careciera de tecnología avanzada, para mí fue una elección muy sencilla escoger a un grupo basado en las míticas amazonas. Crear una cultura y una religión  completamente diferente a las encorsetadas y machistas civilizaciones tradicionales ha supuesto un enorme placer para mí, dando una gran riqueza a los personajes femeninos de la saga. Kirasha, Yonceba o Novazema no serian tan atractivas si no tuviéramos una imagen mental tan potente como la que nos proporciona el maravilloso mito del pueblo perdido de las amazonas.

Parte I – Esperanza en llamas

Parte II – La Voluntad de los Arboles

¿Evolución o Involución?

evolucion-ser-humanoLa mayoría de los principales mecanismos de la evolución parecen ser aleatorios, basados en la impresionante capacidad de la naturaleza de hacer funcionar el mayor activo de la investigación científica, esto es: el infalible prueba-error.

Cuando una mutación aleatoria produce una ventaja del individuo sobre sus congéneres, en teoría ese individuo podrá reproducirse con mayor facilidad y sus descendientes tendrán en su ADN esa misma ventaja, por lo que estaremos en los umbrales de una nueva especie

Esta es la teoría básica, pues achacar al mero azar la impresionante capacidad de algunas formas de vida para adaptarse al medio es un poco aventurado. Existen muchos factores que pueden condicionar el sentido de una mutación, ambientales externos e internos, fisiológicos, o incluso artificiales, como los que el hombre ha llevado a cabo con la totalidad de especies domesticadas que conviven con nosotros desde hace milenios.

No pretendo ni tengo capacidad para escribir demasiado sobre los secretos de la evolución a nivel proteico, ni de cómo funcionan las cadenas de aminoácidos para re secuenciarse. Lo único que puede hacer un escritor de fantasía es fantasear, y a partir de la base de la evolución plantear algunas cuestiones, que quizá en un futuro se resuelvan, o no…

En el ciclo involución se plantea un mundo arrasado por la superpoblación y la contaminación, un planeta casi yermo en el que apenas quedan especies animales, en el que difícilmente puede sobrevivir una civilización tan hambrienta y consumista como la que disfrutamos en nuestros días. En este contexto es fácil pensar en un grupo de hombres poderosos decidiendo salvar el planeta para su propio disfrute, sin tener ningún reparo en acabar con gran parte de la especie humana.

La clave para cambiar el ADN de forma artificial no aleatoria está en los virus. La medicina ya es capaz de programar determinados virus para conseguir que algunas células realicen tareas que no eran naturales para ellas. Usar los virus para acelerar las mutaciones, o dirigirlas según nuestra conveniencia parece un paso más que evidente.

Pero lo más sorprendente de todo es la memoria genética. El ADN contiene no solo información de todas y cada una de las diferentes células de nuestro cuerpo, en su infinita variedad de combinaciones y formas, que nos definen como especie. También contiene información de las diferentes secuencias de mutaciones anteriores, de esta forma, apretando los botones adecuados, podríamos conseguir una involución de la especie, desde un punto de vista meramente biológico.

http://www.abc.es/ciencia/20150512/abci-dinosaurios-aves-genes-201505121337.html

En el libro Esperanza en Llamas conocemos a Shimatsu, un personaje complejo que nos deleitara con su refinada educación, y nos repugnara con su falta de escrúpulos, pues es uno de los responsables del apocalipsis que esterilizado a la humanidad.

 

En un mundo tan salvaje y de una naturaleza tan espectacular como el que nos presentan estas novelas es difícil imaginar una verdadera involución, pues la bilogía en realidad ha evolucionado de forma salvaje y artificial, provocándose una aceleración brutal en las mutaciones de las especies. La involución que nos muestra la obra tiene mas que ver con la misma esencia de la humanidad.

Parte I – Esperanza en llamas

Parte II – La Voluntad de los Arboles